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HECHOS A SU IMAGEN

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“Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. 46 Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.” (1 Corintios 15:45·49).

ALGO EN QUE PENSAR

Cuando Dios creó a Adán, le dio un ADN puro, sin contaminación, que ubicaba al hombre en un linaje superior a cualquier otra criatura del universo: era un linaje escogido.

El código de Adán tenía el trasfondo de Dios, el Rey de Reyes; mas nosotros como Sus hijos, deberíamos tener el mismo código genético de nuestro Padre, pero Adán pecó y el código genético se alteró, apareció una mutación en su sangre que pasó de generación en generación hasta nuestros días.

Adán era el producto original de Dios para el mundo, pero el pecado que cometió lo marcó con un estigma que se reprodujo en toda su descendencia.

Dios tenía que cerrar ese capítulo para ayudar a la humanidad, pero solo pudo hacerlo al llegar el último Adán; el primero abrió la puerta a la maldición, el último Adán, que es Jesús de Nazareth, padeció todas las consecuencias del pecado y voluntariamente decidió ofrendar Su vida en la cruz por cada uno de nosotros.

Es muy importante saber que Dios nos ama como hijos y que en el momento que nosotros decidimos entregar completamente nuestras vidas a Él, todo lo malo que teníamos a causa del pecado y la herencia que recibimos del primer Adán, fue cortada y cancelada.

Con la venida de Jesús, se abrió un camino nuevo para todos nosotros, un nuevo linaje, una sangre sin contaminación; Jesús vino con un nuevo código genético, el cual fue puesto al alcance de todo aquel que en Él crea.

¿Cómo seguir los pasos de Jesús y tener Su imagen y semejanza?

“Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.” 1 Corintios 15:50 

1. EL ESPÍRITU SANTO NOS DIRECCIONA

Debemos entender que el Espíritu Santo nos ayuda a morir a nuestros propios deseos, a nuestros propios sueños personales, que muchas veces son lejanos al sueño que Dios tiene para nosotros.

Sabremos que Su fuerza está gobernando nuestras vidas cuando nos anulamos a nosotros mismos y aceptamos la voluntad del Padre. Debemos invitar al Espíritu Santo a que líderes nuestra vida, hogar y ministerio y nos ayude a tener familias que le sirvan a Dios y sean familias sacerdotales.

La palabra dice en Juan 16:13 “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.”

Él es quien nos revela toda verdad y nos lleva a vivir una vida de victoria.

2. SOMETER TODO NUESTRO SER A JESÚS

El ser humano es un ser tripartito, hecho de espíritu, alma y cuerpo. Dentro del alma, encontramos la voluntad, los pensamientos y los sentimientos.

Muchas veces estamos aferrados al “yo pienso”, “yo siento”, “yo quiero”, y esto no nos permite escuchar la voz de Dios para nosotros, que es la que marca nuestro destino. Debemos someter a diario nuestros pensamientos, deseos, emociones y palabras a la voluntad de Dios, y llevar a la Cruz del Calvario todos lo que somos para nacer al propósito de Dios.

Cuando podemos mirar el reflejo de nuestra vida en el reflejo de la Palabra y nos sometemos a lo que Dios dice de nosotros, podremos ser transformados de gloria en gloria a la imagen correcta.

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” 2 Corintios 3:18

3. DESCANSAR EN JESÚS

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansara” (Mateo 11:28)

Debemos tener cuidado de no hacer la obra de Dios en nuestras fuerzas, sino en la fuerzas que solo Él nos puede dar. Muchas veces viene el desánimo o un desgaste físico y emocional porque no aprendemos a descansar en Él, y tomamos cargas que no nos corresponde llevar.

Jesús es mi Pastor, y por lo tanto Él sabe con claridad lo que nosotros necesitamos, de qué cosas tenemos necesidad, y aún cuáles son nuestras debilidades y falencias, pero Él se hace fuerte en nosotros porque Todo lo podemos en Cristo porque Él nos fortalece.

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