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ATRÉVASE A HABLAR CON FE

“Entonces Josué habló a Jehová el día en que Jehová entregó al amorreo delante de los hijos de Israel, y dijo en presencia de los israelitas: Sol, detente en Gabaón; Y tú, luna, en el valle de Ajalón. Y el sol se detuvo y la luna se paró, Hasta que la gente se hubo vengado de sus enemigos”. (Josué 10:12-13)

Dios dio a cada uno de Sus hijos una medida de fe, la cual se convierte en la llave para conquistar lo que en lo natural sería imposible alcanzar.

Josué estaba conquistando a los amorreos y se vio en una situación que le impedía lograr su objetivo. El día ya estaba declinando y la noche se convertiría en el gran aliado de sus adversarios.

Así́ que, en un acto osado de fe, el conquistador dijo: “Sol, detente en Gabaón; y tú, luna, en el valle de Ajalón” (Josué 10:12b). ¿Qué fue lo que produjo en Josué tal coraje, para pronunciar semejante oración? Fue la misma palabra que él había recibido de parte de Dios: “Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé” (Josué 1:5).

La palabra dada por Dios ardía como fuego en su corazón y Josué sentía que las oportunidades de conquista debían aprovecharse hasta lo máximo.

Pablo dijo: “Conforme a la medida de fe que Dios repartió́ a cada uno” (Romanos 12:3b). Tal vez usted piense que no tiene fe, pero sepa que Dios le dotó con una cierta capacidad para creer. La única manera de hacer que la fe aumente en su corazón es por el contacto continuo con la Palabra de Dios.

Es posible que los grandes hombres de fe no llegaran a darse cuenta que la tenían, esto se explica el porqué tenían esa gran necesidad de agradar a Dios en todo lo que hacían.

Josué no hizo una oración tímida ni oculta, sino que todo Israel escuchó. Su enérgica voz fue oída en el cielo; por causa de la oración de este hombre, el curso normal del día fue alterado. Fue el día más largo de la historia, pues el sol no se ocultó hasta que el ejercito de Josué dio muerte a todos sus oponentes. Así como el salmista dijo: “Abatida hasta el polvo está mi alma; vivifícame según tu palabra” (Salmos 119:25); Josué sabía que necesitaba del respaldo de Dios en ese momento decisivo, mientras se libraba una de las luchas más fuertes dentro suyo. Sabía que una vez caída la noche, los enemigos se organizarían y tomarían nuevo aliento, haciéndose más difícil vencerlos.

De un momento a otro, su mente se iluminó, miró al sol y le dio la orden: “¡Detente en Gabaón!” Después volvió su mirada y dijo: “Y tú, luna, en el valle de Ajalón”. Josué guió a su ejército y lo animó a continuar en la batalla, dándole garantía de que no oscurecería hasta derrotar al enemigo.

Por. César Castellanos